«Yo maldigo el río del tiempo»Per Petterson
ED:Mondadori
Per Petterson plantea el derrumbe de las ilusiones en la madurez tras el éxito de «Salir a robar caballos»
Per Petterson narra el derrumbe de las ilusiones en la madurezTras el éxito de «Salir a robar caballos» –elegido entre los cinco mejores libros de 2007 por «The New York Times»–, se esperaba con ganas la siguiente novela de Per Petterson (Noruega, 1952), aún más después de leer «Yo maldigo el río del tiempo». El noruego vuelve a abordar un momento decisivo en la vida. Si antes fue el paso de la juventud a la madurez, ahora apunta al derrumbe de las ilusiones a los cuarenta. A esa edad, Arvid descubre que su mujer ya no le quiere y se va a divorciar; a su madre le diagnostican un cáncer y cae el muro de Berlín, todo un golpe para un comunista como él. Cuando viaja a Dinamarca, donde su madre ha ido a tratarse, la gente le toma por sueco suscribiendo que, si bien los países escandinavos son tres, Noruega no existe para el resto del mundo. Será recurrente afirmar que tan gélida desolación sólo podía estar al alcance de un nórdico, pero Petterson evidencia aún más que otros cuánto importa la geografía.
La lobreguez del corazón de Arvid resulta estremecedora. Su estado, inconsolable. De eso va el libro, de un corazón. La madre a la que intenta ayudar, y que pretende que le ayude a él, está entregada a la memoria de un hijo muerto seis años antes. A la vez, Arvid asiste a la debacle comunista como abanderado de sus colegas trabajadores industriales. Por ideología, abandonó los estudios que sus padres –trabajadores industriales– pagaron con esfuerzo. Y ahora destila el peso del derrumbe a través de los muchos libros que leyó, que sus padres leyeron o aún leen (a su madre la acompaña todo el tiempo «El filo de la navaja» de Somerset Maugham). De manera que, mientras entiende, se hunde.
Como destacado observador de la dolorosa transición entre edades, Petterson logra momentos brillantísimos: imprescindible ese párking a la salida de un cine donde el protagonista de la película recién concluida acaba de morir en un coche. El Arvid niño llora su muerte. Los hombres la digieren de manera muy distinta.
Dicen que Petterson no desarrolla tramas antes de sentarse a escribir, y cabe creerlo porque sus libros son flujos –ríos– líricos, casi poemas, sólo que muy sostenidos. La fórmula no funciona siempre: este libro se hace en ocasiones reiterativo, pueden abrumar las enumeraciones y hay vacíos que hacen pensar en tramos deshilachados. No le ha salido redonda.
Por otra parte, su capacidad para la poesía le permite incrustar un hecho que, por su singularidad y fuerza, fulgura en el páramo, asciende a inolvidable. Y luego, sigue tejiendo. Teje esas aparentes minucias, de recuerdos a sueños o a ideas surreales que, sumadas, conforman a un hombre. Lo que importa, en realidad. De ahí el título, extraído de un momento en el que Arvid logra ver a su ex admirado Mao no como escritor de artículos políticos, sino como un hombre capaz de poemas que empiezan así: «Quebradizas imágenes de la partida y el pueblo de entonces. Yo maldigo el río del tiempo: han pasado treinta y dos años».
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